Te echo de menos pero sé que no debo hablar contigo. Hay cosas tuyas que no me cuadran, mirarte de frente en el restaurante, tu voz a veces. El lunar al lado de la nariz. Tu altura, los dientes desparejados. El pelo fosco.
Y luego, te miro por el otro lado en ese bar y menrecomiendas gominolas, con el cuello en el respaldo del sofá y tú colocas tu mano en mi pierna. Me haces reír. Me cuidas. Me escuchas. Me cuentas toda la verdad de todo. Piensas como yo y tienes los mismos principios. Me gusta tu trabajo, tu casa, tu forma de actuar. Tu sinceridad con el mundo. Aquel beso en el dorso de la mano.
Me gusta que eres valiente y te embarcas, desde antes de salir, en la aventura.
Que solucionas los problemas sin agachar la cabeza ni evitarlos, y pides perdón si es necesario. Me gusta que eres un moñas y citas pelis de ghost y auqnue yo lo deteste tú adoras los planes de sofá, manta y diario de Noa.
No me gusta tu excesiva gravedad, auqnue sí cómo entiendes y respetas. Y no debería juzgar desde el agobio logístico actual, sino en un plano distinto. Tú decides tú sobre tu vida.
Creo que tengo que dejar que se enfríe. Pensar lejos. Te recordaré en la escalera, mirándome sonriendo. Y decidiré.
sábado, 8 de junio de 2019
miércoles, 5 de junio de 2019
Idem
Siempre he aplazado cosas que quería hacer para despues: para cuando tuviera dinero, para cuando no dependiera de nadie, para cuando tuviera pareja, para después de la opo, para después del verano... Y de pronto, tienes 32 y una larga lista de cosas pendientes. Como si la vida no consistiera en una lista de "hoys" sin mañana y sin ayer, como si no fuera a acabarse nunca, como si siempre fuera a ser joven y a tener ganas y como si no fueran más habituales los días grises que los rayos de sol.
Contigo dije basta. Es verdad que llegas cuando menos lo esperaba, auqnue a decir verdad, algo me olía porque siempre que eres consciente de estar muy bien como estás en soledad, zas, alguien aparece. Es verdad que mi vida es una lista con interrogantes en casi cada punto. Es verdad que todavía tengo algunas heridas en el corazón que tú, sin saberlo, estás terminando de curar. Es verdad que tal vez ya no esté dispuesta a meterme de cabeza en los charcos como la kamikaze que fui, pero no por entrar con el pie se adentra uno menos en ellos.
Me gusta que hablas claro, que eres sincero y que sabes enfrentarte a lo bueno y a lo malo, con una sabiduría emocional que me llama la atención. Aceptas el amor y la amistad en una manera muy parecida a la mía, y aunque eres cauteloso, no dejas de ser valiente. Muy valiente. Tanto como para dar pasos en segundo que a mi me costarían semanas,y sin despeinarte. Y sin que suenen raros.
Eres serio y respetuoso y crees en las mismas cosas que creo yo. Y dices cosas que digo yo. Y no te da miedo mi sinceridad apabullante ni mi verborrea incontenible, y eso tiene mucho mérito.
A mí, que se me habían quitado las ganas de buscar la magia y de preservarla, me has enseñado que hay que defenderla y madurarla, dejarla hacer despacio y no dejar que el cinismo ni el miedo a volver a vivir los daños de antes la ensucien.
Auqnue eso sí, precisamente por traer la luz, tengo que contarte la verdad y que sepas bien dónde quieres meterte, si es que quieres. Yo estoy dispuesta a andar y a poder ser, que las única rutas escritas que sigamos sean las de las estaciones espaciales que se ven desde las terrazas en las noches de verano.
Todavía no ha pasado nada y a mí ya me lo has dado todo.
Ídem.
Contigo dije basta. Es verdad que llegas cuando menos lo esperaba, auqnue a decir verdad, algo me olía porque siempre que eres consciente de estar muy bien como estás en soledad, zas, alguien aparece. Es verdad que mi vida es una lista con interrogantes en casi cada punto. Es verdad que todavía tengo algunas heridas en el corazón que tú, sin saberlo, estás terminando de curar. Es verdad que tal vez ya no esté dispuesta a meterme de cabeza en los charcos como la kamikaze que fui, pero no por entrar con el pie se adentra uno menos en ellos.
Me gusta que hablas claro, que eres sincero y que sabes enfrentarte a lo bueno y a lo malo, con una sabiduría emocional que me llama la atención. Aceptas el amor y la amistad en una manera muy parecida a la mía, y aunque eres cauteloso, no dejas de ser valiente. Muy valiente. Tanto como para dar pasos en segundo que a mi me costarían semanas,y sin despeinarte. Y sin que suenen raros.
Eres serio y respetuoso y crees en las mismas cosas que creo yo. Y dices cosas que digo yo. Y no te da miedo mi sinceridad apabullante ni mi verborrea incontenible, y eso tiene mucho mérito.
A mí, que se me habían quitado las ganas de buscar la magia y de preservarla, me has enseñado que hay que defenderla y madurarla, dejarla hacer despacio y no dejar que el cinismo ni el miedo a volver a vivir los daños de antes la ensucien.
Auqnue eso sí, precisamente por traer la luz, tengo que contarte la verdad y que sepas bien dónde quieres meterte, si es que quieres. Yo estoy dispuesta a andar y a poder ser, que las única rutas escritas que sigamos sean las de las estaciones espaciales que se ven desde las terrazas en las noches de verano.
Todavía no ha pasado nada y a mí ya me lo has dado todo.
Ídem.
miércoles, 29 de mayo de 2019
Me da miedo. No quiero sufrir más, no quiero llorar más. No quiero decir más veces adiós, no quiero adioses a medias, no quiero. No era el momento. Yo estaba aquí de paso, en mi mundo, en mi gimnasio y mi aburrimiento y ya estaba, nada más.
Y ya sé que a la vida se viene a jugar, y que todo fluye y que no hay cosas forzadas pero no sé si quiero. Mejor, no sé si puedo. No sé si debo, que llevo todavía las costuras sujetas con hilos quebradizos por mucho que disimular auqnue, a este paso, va a ser costurón sobre costurón. Lo veo.
Hay ratos que todo tiene sentido, o mejor, que no lo tiene porque no hay nada que pensar más que palabras y palabras y otros en los que me niego.
Será la falta de costumbre.
Por otro lado está P..No lo entiendo y ha tenido que pasar algo porque no es normal. Y me daría igual si lo entendiera y no me oliera a chamusquina, pero huele raro. Y hacia un buen rato que no pensaba en lo de P., mira. Lo dejaré ahí hasta que se me cruce el cable y le pregunte porque no tiene sentido.
No contaba yo con estas aventuras, fíjate. Y como texto es una mierda, perdón, pero como diario rápido esto no tiene precio.
Y me voy a dormir. A ver si puedo.
Y ya sé que a la vida se viene a jugar, y que todo fluye y que no hay cosas forzadas pero no sé si quiero. Mejor, no sé si puedo. No sé si debo, que llevo todavía las costuras sujetas con hilos quebradizos por mucho que disimular auqnue, a este paso, va a ser costurón sobre costurón. Lo veo.
Hay ratos que todo tiene sentido, o mejor, que no lo tiene porque no hay nada que pensar más que palabras y palabras y otros en los que me niego.
Será la falta de costumbre.
Por otro lado está P..No lo entiendo y ha tenido que pasar algo porque no es normal. Y me daría igual si lo entendiera y no me oliera a chamusquina, pero huele raro. Y hacia un buen rato que no pensaba en lo de P., mira. Lo dejaré ahí hasta que se me cruce el cable y le pregunte porque no tiene sentido.
No contaba yo con estas aventuras, fíjate. Y como texto es una mierda, perdón, pero como diario rápido esto no tiene precio.
Y me voy a dormir. A ver si puedo.
jueves, 16 de mayo de 2019
El placer es coger un libro antes de dormir y leerlo, leerlo leerlo, sin importar la hora a la que acabes, sea jueves o lunes o domingo. Reírte con él. Y terminarlo y despedirte en silencio al cerrar las tapas por última vez.
Leer porque quieres, lo que quieres.
Libros de la biblioteca que no buscabas y te llamaron, o que has buscado durante meses o esperado leer, y que de pronto, aparecen.
En parte me gustaría hacer una lista con todos los libros que leo, para, simplemente, recordarlos o tal vez por el acto egocéntrico de echar números y cuantificar. Por otro lado, contarlos, convertirlos en cifra me parece feo, una falta de respeto.
Ojalá quedara algo tangible de ellos, especialmente de los que no son míos.
Leer porque quieres, lo que quieres.
Libros de la biblioteca que no buscabas y te llamaron, o que has buscado durante meses o esperado leer, y que de pronto, aparecen.
En parte me gustaría hacer una lista con todos los libros que leo, para, simplemente, recordarlos o tal vez por el acto egocéntrico de echar números y cuantificar. Por otro lado, contarlos, convertirlos en cifra me parece feo, una falta de respeto.
Ojalá quedara algo tangible de ellos, especialmente de los que no son míos.
sábado, 4 de mayo de 2019
"Por los heroes del dos de mayo"
Era mucho más alto que yo, con esos gestos ajustados y medidos de niño bien de colegio de curas, con un punto marcial. Pantalón beige de buen corte y mejor planchado, camisa blanca impoluta de lino, probablemente hecha a medida, americana azul marino que, como mandan los cánones, no se quitó en ningún momento más que para ofrecermela si tenía frío. Zapato negro. Ni una marca a la vista, discreto y sobrio. Reloj caro, pero no mucho. Deportivo. Pulsera de cuero de rigor. Discreta. Cinturón de piel. De esos hombres que llevan la ropa y la ropa no les lleva a ellos.
Yo hablé toda la comida esquivando las gilipolleces de uno de los comensales y él miraba divertido nuestro original partido de tenis, al otro lado de la mesa.
En aquel restaurante de paredes pintadas de negro, con camareros de esos que te retiran la silla y te ponen la chaqueta cuando te vas, sonrío y me dijo que lo único que me faltaba para ser perfecta era ser del atleti. Le contesté que era demasiado hedonista para sufrir tanto y volvió a reírse fuerte.
Al salir del acto "la revelación política" Le llamó por su nombre y le dio un abrazo machote, de esos de golpes fuertes en la espalda que resuenan. Ambos hablaron de igual a igual, actitud que no había visto en otros de mis acompañantes a los que se les notaba desde fuera cómo se les aceleraba el pulso en estas lides y se les afila el colmillo al olor del poder. Él se mantuvo erguido, cordial, simpático pero sin pasarse... Natural. Lo cual dejó en evidencia las ganas de caer bien del resto de nuestros acompañantes y cómo cuando algo es impostado, saltan las alarmas. Para él aquella gente, aquellos actos, por lo visto, eran algo normal y se notaba.
En los toros (sí, fue el día más rancio de mi historia) se sentó a mi lado y me escondí de tras de él un par de veces. Me enseñó a distinguir chinos de japoneses y también confirmó que veo fatal de lejos (no, aquel señor no era Vargas Llosa).
Una de las cosas que más me gustó de él era algo que no había vivido nunca, una tontería, pero algo que me demuestra dónde vivo ahora: este chico/señor siempre se quedaba el último, al lado de la puerta, firme como un palo, hasta que yo pasaba, cediendome el paso con una sonrisa y guiando ligeramente la dirección de mis pasos con su mano firme pero escueta, en mi espalda. Ni un milímetro más abajo ni más arriba de donde tenía que colocarla. En todos los sitios a los que íbamos. Le faltaba dar un golpe con el tacón.
Era un tío serio. Un señor. Y nunca me había cruzado con uno que me mirara así y al que yo le hubiera podido sostener la mirada, calculando distancias e intuyendo intenciones, que, por otra parte, eran bastante evidentes.
Me hizo sentir bien, entre toda la caspa política y el olor a señores carcas y buitres, saber que si quería, podía. Que había gente digna entre aquel barro dorado.
Y, especialmente, que hay hombres que saben hablar y callarse cuando toca, de los que me gustan a mí. Y que saben mirar a los ojos y hacer justo, ni más ni menos, que lo que se debe hacer.
Yo hablé toda la comida esquivando las gilipolleces de uno de los comensales y él miraba divertido nuestro original partido de tenis, al otro lado de la mesa.
En aquel restaurante de paredes pintadas de negro, con camareros de esos que te retiran la silla y te ponen la chaqueta cuando te vas, sonrío y me dijo que lo único que me faltaba para ser perfecta era ser del atleti. Le contesté que era demasiado hedonista para sufrir tanto y volvió a reírse fuerte.
Al salir del acto "la revelación política" Le llamó por su nombre y le dio un abrazo machote, de esos de golpes fuertes en la espalda que resuenan. Ambos hablaron de igual a igual, actitud que no había visto en otros de mis acompañantes a los que se les notaba desde fuera cómo se les aceleraba el pulso en estas lides y se les afila el colmillo al olor del poder. Él se mantuvo erguido, cordial, simpático pero sin pasarse... Natural. Lo cual dejó en evidencia las ganas de caer bien del resto de nuestros acompañantes y cómo cuando algo es impostado, saltan las alarmas. Para él aquella gente, aquellos actos, por lo visto, eran algo normal y se notaba.
En los toros (sí, fue el día más rancio de mi historia) se sentó a mi lado y me escondí de tras de él un par de veces. Me enseñó a distinguir chinos de japoneses y también confirmó que veo fatal de lejos (no, aquel señor no era Vargas Llosa).
Una de las cosas que más me gustó de él era algo que no había vivido nunca, una tontería, pero algo que me demuestra dónde vivo ahora: este chico/señor siempre se quedaba el último, al lado de la puerta, firme como un palo, hasta que yo pasaba, cediendome el paso con una sonrisa y guiando ligeramente la dirección de mis pasos con su mano firme pero escueta, en mi espalda. Ni un milímetro más abajo ni más arriba de donde tenía que colocarla. En todos los sitios a los que íbamos. Le faltaba dar un golpe con el tacón.
Era un tío serio. Un señor. Y nunca me había cruzado con uno que me mirara así y al que yo le hubiera podido sostener la mirada, calculando distancias e intuyendo intenciones, que, por otra parte, eran bastante evidentes.
Me hizo sentir bien, entre toda la caspa política y el olor a señores carcas y buitres, saber que si quería, podía. Que había gente digna entre aquel barro dorado.
Y, especialmente, que hay hombres que saben hablar y callarse cuando toca, de los que me gustan a mí. Y que saben mirar a los ojos y hacer justo, ni más ni menos, que lo que se debe hacer.
jueves, 25 de abril de 2019
Calle Infantas. 2 de la mañana.
Llueve y paro un taxi. Al sentarme veo que el taxista me mira por el retrovisor. Llevo los tacones, el vestido corto y negro y un paraguas grande y masculino oscuro. El pelo suelto y la cazadora de cuero.
Le digo tú dirección y el taxista cambia la emisora de la radio por música jazz. Miro a través de la ventanilla ansiosa por llegar rápido. El taxi huele a tabaco.
Abro la ventana y siento el frío. El taxista me mira de reojo, iluminado por las luces de los semáforos.
Cruzo la ciudad de noche y cerca de tu casa encuentro un atasco que me pone más nerviosa. Quiero llegar ya.
Indico al taxista que pare el coche frente a tu portal. Pago y me bajo sin abrir el paraguas. La cerradura de la puerta suena, estridente, antes de que llame al timbre porque supongo que me estabas esperando.
Subo en el ascensor y me termino de ahuecar el pelo. Se abren las puertas y a oscuras cruzo tu rellano. Antes de llamar al timbre abres la puerta (gafas redondas de pasta, camiseta negra, vaqueros, pies descalzos) y sin mediar palabra me besas aún sin cruzar el umbral. Huelo tu perfume y me da vértigo.
Pasamos a casa. Hay velas encendidas, una lámpara con luz tenue y un par de textos encuadernados con anillas tirados abiertos en la mesa. Hace calor aquí.
Suena el disco que te regalé. Es muy tarde fuera. Estás muy guapo esta noche.
Llueve mucho y hay truenos haciendo retumbar las hojas de las plantas de la galería.
Apagas la lámpara y me siento en el sofá.
Me enseñas sonriendo una botella de vodka rojo sin abrir y vas a la cocina a por hielos.
Quedan 5 horas para que llame a mi jefe y le diga que no voy a poder ir a la reunión.
Queda un minuto para morder tu cuello.
lunes, 15 de abril de 2019
Arde
Arde Notre Dame y no puedes dejar de mirarlo.
Cuando visité París solo tuve tiempo de disfrutar de verdad, como a mí me gusta, sin prisa y sabiendo dónde se está, solo un rato en Shakespeare and Co. Estaba yo sola (qué raro), sentada en un diván verde de terciopelo y una pareja tocaba a cuatro manos el piano. Me emocionó hasta llorar. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero fue el único rato en el que supe dónde estaba. Estaba presente y allí. Sin antes, sin después, sin correr.
A Notre Dame entramos de paso. Pocos minutos. Muy pocos. Solo recuerdo verme abrumada por su tamaño, por los arcos, por lo oscuro que estaba todo dentro. Era un viaje al pasado.
Aquel viaje me lo pasé corriendo a ningún sitio para no ver nada. Para no disfrutar nada. Para marcar con un tick las 20 cosas que "había que ver" y que, efectivamente, vimos. Pero nada más.
Ahora arde y ya nunca podré verlo como pude aquella vez y no lo hice.
Qué triste pasar así por los sitios, por la vida. Haciendo como que se está sin estar.
-
Arderá la Historia ante nuestros ojos embobados, borrachos de horror y de impotencia.
Todo pasa. Nada ha venido a durar para siempre, me dices. Y yo te miro justo antes de que me des un beso, lento y triste. Y yo te devuelvo otro, lleno de vida y de aire. Tú y yo tampoco vamos a durar. Como mucho, unos 50 años, que en realidad, no es nada. Un grano de arena. Dos vidas insignificantes. Pero ahora que todo arde, ahora que estamos vivos y hemos coincido en este rato breve, vamos a hacernos eternos un rato. Antes de que todo lo que conocemos también se prenda fuego. Vamos a consumirnos tú y yo, solos en este salón mientras el mundo, ahí fuera, arde. Habrá un segundo en el que tú y yo también seremos fuego. Y luego... Y luego ya dará todo igual.
Cuando visité París solo tuve tiempo de disfrutar de verdad, como a mí me gusta, sin prisa y sabiendo dónde se está, solo un rato en Shakespeare and Co. Estaba yo sola (qué raro), sentada en un diván verde de terciopelo y una pareja tocaba a cuatro manos el piano. Me emocionó hasta llorar. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero fue el único rato en el que supe dónde estaba. Estaba presente y allí. Sin antes, sin después, sin correr.
A Notre Dame entramos de paso. Pocos minutos. Muy pocos. Solo recuerdo verme abrumada por su tamaño, por los arcos, por lo oscuro que estaba todo dentro. Era un viaje al pasado.
Aquel viaje me lo pasé corriendo a ningún sitio para no ver nada. Para no disfrutar nada. Para marcar con un tick las 20 cosas que "había que ver" y que, efectivamente, vimos. Pero nada más.
Ahora arde y ya nunca podré verlo como pude aquella vez y no lo hice.
Qué triste pasar así por los sitios, por la vida. Haciendo como que se está sin estar.
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Arderá la Historia ante nuestros ojos embobados, borrachos de horror y de impotencia.
Todo pasa. Nada ha venido a durar para siempre, me dices. Y yo te miro justo antes de que me des un beso, lento y triste. Y yo te devuelvo otro, lleno de vida y de aire. Tú y yo tampoco vamos a durar. Como mucho, unos 50 años, que en realidad, no es nada. Un grano de arena. Dos vidas insignificantes. Pero ahora que todo arde, ahora que estamos vivos y hemos coincido en este rato breve, vamos a hacernos eternos un rato. Antes de que todo lo que conocemos también se prenda fuego. Vamos a consumirnos tú y yo, solos en este salón mientras el mundo, ahí fuera, arde. Habrá un segundo en el que tú y yo también seremos fuego. Y luego... Y luego ya dará todo igual.
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