Estuvo bien.
Estuvo bien aquella noche de liquido verde que me puso la voz ronca, y de preparar una canción con mi música que nunca llegó a sonar. Fernet a medias, y cerveza a medias. Y ginebra a medias. Y taxi y bus de vuelta a casa.
Y ese día que odiaste tanto, y aquel que yo llegué borracha y me miraste y no hizo falta decir más. El ascensor y Vetusta. Pelearnos por U2. Y "Lo de siempre"..y que te lo traigan. El "no te oigo".Esperar. Y tu nombre. Y mi nombre (sin diminutivos). Y el gol que me dedicaste ("Siempre quise un novio que me dedicara goles".... "Haré como Kaká y será para ti") que no pude ver.
Y tu perro. Y Oriente. Y el rimmel corrido y chocar las manos.
El "qué mala cara tienes" cuando nunca hubo una mentira tan grande.
Y las magdalenas del café de la muerte, y las piezas al 50%. Y los cascos al 50%. Y los kinder buenos (también al 50%).
Menea y hornea. Y Pablo y el bombero sin camisetas con mangas.
Las Vistillas con Carlos. San Cayetano. Los pasodobles. La limonada. Esa noche.
Y las cervezas (en terrazas, en Mcdonalds. En la calle.En chez Tripi) y Aerosmith.
Y el zumo de naranja y comedias a medias de resaca.
Y la escalera.
Fuiste bastante más hábil que yo. No voy a negarlo.
Y no me importa porque "this too shall pass".
Pero,
lo que no voy a consentir es que nadie, nadie me niegue eso.
Eso que nadie más que tú y yo sabemos.
Y que, aunque quisiera, no voy a poder dejarte.
lunes, 10 de septiembre de 2012
Let it be.
Estos días pienso mucho en ti. Y hacía mucho que no me pasaba. El otro día hablé de ti con Pablo, cuando me dijo que odiaba el olor del tabaco. Yo le dije que yo también, pero, de pronto, recordé todo.
Y tu sombra me siguió hasta el sofá de casa (de mi casa) y se sentó a mi lado. Y me agarró la nariz hasta que dos lagrimones grandes saltaron hasta el pijama desde la punta de la nariz.
Es curioso cómo es esto de echar en falta. Y cómo somos los humanos cuando nos sentimos solos.
Eché la vista atrás y te recordé, agarrado a mi mano, como si no hubiera más asideros en el mundo, y como si, en la bruma gris que te envolvía, había un punto en el que tú y yo nos reconociéramos. En aquella sala blanca, con litografías cutres, que yo ya había visto en un sueño. Tú y yo estábamos, en un sofá, en un mundo aparte. Contigo sosteniéndome.
A veces me pregunto qué me dirías si me vieras. Si me escucharas.
Y no sé por qué. Pero ha tenido que ser ahora.
Y me alegro de que volvieras.
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Ahora estoy mejor. Me lo planteo como salir de una zona de confort (demasiado confortable, probablemente..). La vida era esto, decían.
Y al fin y al cabo, puede que sea bueno. Como cuando U2 terminó la gira de Joshua Tree y tuvo que re-inventarse. Tengo esa frase en la cabeza, el "dream it all over again". Dando vueltas y vueltas (a pesar de la cuarentena a la que tengo sometido a mi amadísimo Bono por culpa de... bueno, no durará mucho, anyway).
Será parar un tiempo, y no creo que pierda demasiado (o no perderé lo que no sea imprescindible).
Hay cosas. No. Hay gente de la que quiero desprenderme. De la que pueda que necesite separarme.
Ya sé lo que es marcharme y eso me asusta, pero planteémoslo como una reflexión. Planteémonos Buenos Aires. O Madrid. O Londres.
Plantéemonos que con 25 años no se puede vivir como si se tuviera 40, agarrando cosas con los dientes por miedo a perder. Re-búscate y re-encuéntrate, a pesar del miedo. O gracias al miedo.
Vayamos a París a ver a Etes. Vengamos para enamorarte de nuevo de las luces, y del color del cielo. Y para ver acercarse las torres 20 minutos antes. Y aflojar la bufanda y pasear entre las hojas del Paseo del Prado cuando el sol de invierno es amarillo. Para enseñar a alguien lo que no aparece en las guías. Esa cafetería con las mejores vistas. El C1. El mirador de la A6.
Será bueno.
Será como un trampolín.
Será útil.
Será bueno.
Y seré feliz.
martes, 4 de septiembre de 2012
Quedamos en el McDonald's de Montera.
En otra vida fui kamikaze. Lo sé porque escribo desde un McDonald's de Gran Vía. Desde ese al que entré el primer día que estuve en Madrid, y donde descubrí, no sin cierta congoja, que por mucho que anduviera en esta maldita-bendita ciudad de mis amores, no encontraría a nadie con quién hablar.
Han pasado cientos de años desde eso. Y aunque tengo amigos que son amigos-hermanos-padres, y amigas que me empujan a saltar al vacío y luego me echan la bronca, y amigas que nunca están, y amigos de tres meses, sigue pasándome por la cabeza eso de vez en cuando. Que a pesar de todo lo grande que es esta ciudad, a veces no encuentras a nadie.
------------------------
Digamos que no vivo uno de mis mejores momentos. Digamos que no entiendo por qué decidí matricularme en algo que no quiero estudiar en una ciudad que DETESTO. Digamos que me rindo de ser la parte responsable de toda relación, y la que carga el mundo en sus espaldas para proteger a quien quiera que sea la otra parte. Me rindo de entender la inmadurez. LA indecisión. La enfermedad. Los nervios. Las tristezas. Me rindo.
Y me importa una mierda que no me entiendas a mi.
----------------------
Lo bueno que tuvo aquel paseo por la M30 a las 4 de la mañana es que, por una vez, no llevaba el control. Y yo era la pequeña extranjera con el pelo agitado por el aire de la ventanilla bajada y el techo solar de aquel coche rojo.
Y que tú decidiste que me llevabas a casa.
Y que tú decidiste que él se iba solo.
Y que tú decidiste el camino ("¿tienes algo que hacer en un plazo de tres o cuatro horas?").
Y yo no tuve que hacer nada.
Esa sensación de rendirse. De que tú conducías y cambiabas de canción. Y me llevabas por calles que no conocía y a las que tú cambiabas el nombre sólo por hacerme reír.
No fue nada.
Pero fue algo parecido a ser feliz.
--------------------------
Tú has tenido la culpa de que odiara los viernes. Y de que estuviera tan guapa (tan tan guapa) que se me saliera la felicidad por los poros de la piel.
Gracias por aguantar las resacas y salvarme el culo (de nada por lo respectivo). Gracias por cambiarme el gesto y demostrarme que la vida tiene esas cosas, que no sabes cuándo ni cómo, pero te cambian la forma de mirar.
Me quedo con el color de tus ojos a las 10 de la mañana, y a las 4 de la madrugada. Y a las 6. Con entenderte. Con chocarte la mano. Con la plaza del principio de Montera y los cubos de cervezas en La Sureña y en aquel bar, después de la tormenta. Con la canción de Aerosmith en el karaoke. Con odiarte y tener ganas de matarte. Con esperar el bus. Con decirte "Ven conmigo" y seguirme, como si te llevara al fin del mundo.Con los ascensores y con Vetusta, Coldplay , U2 y thunder Road, que hablará siempre de ti. Aunque deje de recordarte.
Aunque esa sea la parte me quieres negar.
-------------------------------
¿Sabes la letra de "There is a light that never goes out". Es un puto mantra.
-----------------
Me repito a mi misma que todo tendrá sentido en algún momento. Que todo de pronto, encajará. Y mientras echo cuentas y rezo para que esos dioses del cielo en los que ya no creo me escuchen y hagan algo. Rápido.
Y mientras escribo desde este lugar, parte de mi (triste) historia.
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Han pasado cientos de años desde eso. Y aunque tengo amigos que son amigos-hermanos-padres, y amigas que me empujan a saltar al vacío y luego me echan la bronca, y amigas que nunca están, y amigos de tres meses, sigue pasándome por la cabeza eso de vez en cuando. Que a pesar de todo lo grande que es esta ciudad, a veces no encuentras a nadie.
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Digamos que no vivo uno de mis mejores momentos. Digamos que no entiendo por qué decidí matricularme en algo que no quiero estudiar en una ciudad que DETESTO. Digamos que me rindo de ser la parte responsable de toda relación, y la que carga el mundo en sus espaldas para proteger a quien quiera que sea la otra parte. Me rindo de entender la inmadurez. LA indecisión. La enfermedad. Los nervios. Las tristezas. Me rindo.
Y me importa una mierda que no me entiendas a mi.
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Lo bueno que tuvo aquel paseo por la M30 a las 4 de la mañana es que, por una vez, no llevaba el control. Y yo era la pequeña extranjera con el pelo agitado por el aire de la ventanilla bajada y el techo solar de aquel coche rojo.
Y que tú decidiste que me llevabas a casa.
Y que tú decidiste que él se iba solo.
Y que tú decidiste el camino ("¿tienes algo que hacer en un plazo de tres o cuatro horas?").
Y yo no tuve que hacer nada.
Esa sensación de rendirse. De que tú conducías y cambiabas de canción. Y me llevabas por calles que no conocía y a las que tú cambiabas el nombre sólo por hacerme reír.
No fue nada.
Pero fue algo parecido a ser feliz.
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Tú has tenido la culpa de que odiara los viernes. Y de que estuviera tan guapa (tan tan guapa) que se me saliera la felicidad por los poros de la piel.
Gracias por aguantar las resacas y salvarme el culo (de nada por lo respectivo). Gracias por cambiarme el gesto y demostrarme que la vida tiene esas cosas, que no sabes cuándo ni cómo, pero te cambian la forma de mirar.
Me quedo con el color de tus ojos a las 10 de la mañana, y a las 4 de la madrugada. Y a las 6. Con entenderte. Con chocarte la mano. Con la plaza del principio de Montera y los cubos de cervezas en La Sureña y en aquel bar, después de la tormenta. Con la canción de Aerosmith en el karaoke. Con odiarte y tener ganas de matarte. Con esperar el bus. Con decirte "Ven conmigo" y seguirme, como si te llevara al fin del mundo.Con los ascensores y con Vetusta, Coldplay , U2 y thunder Road, que hablará siempre de ti. Aunque deje de recordarte.
Aunque esa sea la parte me quieres negar.
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¿Sabes la letra de "There is a light that never goes out". Es un puto mantra.
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Me repito a mi misma que todo tendrá sentido en algún momento. Que todo de pronto, encajará. Y mientras echo cuentas y rezo para que esos dioses del cielo en los que ya no creo me escuchen y hagan algo. Rápido.
Y mientras escribo desde este lugar, parte de mi (triste) historia.
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viernes, 10 de agosto de 2012
Ley de imposibilidad del fenómeno.
Y todo fue simple. Fue un "quévaaserdenosotros". Y un "nadieentiendenada". Y yo mientras estaba guapa, con ojeras y todo. Con resaca de lunes, y de miercoles y de jueves. Pero nadie sabía qué tenía en la cabeza. Puede que ni yo.
-------------
Y luego salté a la piscina. Y el frio me hizo reacción, pero ya estaba dentro. Con los vaqueros pegados. Y sin gafas. Sin las putas gafas.
-----------
(qué mierda me habrás dado que me hace más feliz)
---------------
Él volvió, aunque no se fue nunca. Y no dice nada. Sólo que no le de las gracias. Pero él aparece, a las 9 de la mañana. Y no me dice nada. Como siempre. Pero ya no pone puntos suspensivos. si volviera, si volviera a aquella plaza, no fallaría a la señal del pelo. Aunque nunca se sabe. A lo mejor pasa como cuando vuelves a un lugar al que fuiste cuando eras niño, que todo lo recuerdas más pequeño...
--------
Me soltó una bomba (y no de humo) en medio de cervezas. Y desde entonces tengo 4 preguntas con respuesta para soltarlas cuando menos se lo espere. Como aquel puñal con sabor a alcohol.
-----------
Poner a U2, Coldplay y Bruce compulsivamente. Es así.
http://www.youtube.com/watch?v=utVR3EgQkHs
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Y luego salté a la piscina. Y el frio me hizo reacción, pero ya estaba dentro. Con los vaqueros pegados. Y sin gafas. Sin las putas gafas.
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(qué mierda me habrás dado que me hace más feliz)
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Él volvió, aunque no se fue nunca. Y no dice nada. Sólo que no le de las gracias. Pero él aparece, a las 9 de la mañana. Y no me dice nada. Como siempre. Pero ya no pone puntos suspensivos. si volviera, si volviera a aquella plaza, no fallaría a la señal del pelo. Aunque nunca se sabe. A lo mejor pasa como cuando vuelves a un lugar al que fuiste cuando eras niño, que todo lo recuerdas más pequeño...
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Me soltó una bomba (y no de humo) en medio de cervezas. Y desde entonces tengo 4 preguntas con respuesta para soltarlas cuando menos se lo espere. Como aquel puñal con sabor a alcohol.
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Poner a U2, Coldplay y Bruce compulsivamente. Es así.
http://www.youtube.com/watch?v=utVR3EgQkHs
domingo, 27 de mayo de 2012
'Till the day you came.
Helado de stracciatella.
John Mayer.
John Lennon.
Jon Hamm (el baile del Zou Bisou Bisou y ESA cara) .
Domingo.
Fuck off.
:)
viernes, 25 de mayo de 2012
Disculpen la franqueza
Hacerse mayor consiste en aceptar cosas. Casi todas malas. El azúcar y los brazos que te salvan de pesadillas han muerto. Bienvenido al mundo real.
Nadie te prepara para eso.
Nadie te salva de ello.
Lo llevas encima. Como una cicatriz.
-------------------------------------------------------
No sé si me reconocerías y eso me da miedo. Creo que me volví más cínica. Parece que me he bañado en un tanque de cemento, o que,como en aquel libro, se me congeló el corazón. Añoro aquello de sentirme a salvo en brazos de alguien. O de saber que alguien habrá cuando esté enferma a acariciar mi frente. De los besos a distancia antes de dormir. Ya no hay nadie que me salve, por mucho que me abracen. La sombra sigue encima.
O dentro.
---------------------
Él y su olor a tabaco fueron los primeros en marcharse. Era octubre (se casaba una Infanta) y yo me fui de excursión. Me alimentaron a base de mentiras todo un mes (tenía 11 años. Ya sabía más de lo que sabían muchos a mi edad).Y de pronto, mientras un talk-show explotaba tragedias ajenas en la cocina, tú desembarcaste con tu cuerpo pero con los ojos perdidos. Me dejaron llorar, pero poco. Nunca me han dejado llorar.
Perdí su silbido. Y su radio con un dibujo de claveles rojos. Y su gabardina color crudo y andar por la calle Saldaña.
Luego ella también se marchó un diciembre. Esta vez no me dieron mentiras. Fueron verdades a medias, silencios por capítulos. Y verdades que explotan en un asiento trasero, y lágrimas que se tragan para no sumar dolores a dolores. Y me devolvieron...otra. O puede que siempre hubiera sido así.
O puede que a la que se llevaron fue a mi. Creo que fue eso.Y ya nunca más volví. Y pasé seis meses de lágrimas furtivas antes de dormir, o en un baño, o sobre la hoja de dibujo porque no me salía la helipsis, agarrada a una radio a las 12. De gritos en silencio. De gritos sofocados en almohadas de casas ajenas. De comentarios como flechas.De monjas malvadas (de ahí mi odio). De descubrir que algunos lazos de sangre atan más que unen.
He perdido tanto, que no sé si me da más miedo o más pena escribirlo.
Un poco antes, un verano, se marchó un chico de ojos verdes. Verdes como una piscina. Con andares patosos de 15 años. De rebeldía tonta con el mundo. De darme miedo al mirarme. De mirarme duro y blando, fijo y dentro como nadie NADIE nunca más me ha vuelto a mirar. De no hablar. De labios rojo-regaliz, y vestidos cortos por el estirón del verano.De reírnos de los curas y de huir de fantasmas. Así eran sus ojos verdes.
Nos despedimos mal. Como una cosa tonta y adolescente. De cosas que quieren ser y no fueron. Como si un beso se quedara colgando en aquella escalera de azulejos verdes. Como sus ojos. Perdí una excusa perfecta para ser pava e irresponsable, un aliado fiel y silencioso. Perdí aquella forma de mirarme que nunca volverá.
Luego se fue él, que me dio el primer beso. Y yo lo agarraba, pero no hice bien fuerza. No sabía nada.Y nunca más volvió. Y no es que me doliera (que también). Es que, sobre todo, me asustaba su ausencia. Pero eso lo entendí más tarde. Perdí a mi mejor amigo. A mi válvula de escape con sabor a limón y a ginebra.
También se fue el otro chico. Tenía ojos verdes. Pero menos. Mejor dicho, me fui yo. No le di tiempo a nada. Cuando él llegó, yo ya estaba lejos.
Luego se marchó aquel chico que me volvió loca y que me dio la mano en un aeropuerto. Me ofreció un desayuno en París y yo, desde ese momento, le di mi mente y todo lo que me hubiera pedido (me pasa mucho...). el problema fue no darme cuenta de que nunca había venido. Pero yo era feliz aprendiendo. Y yo sólo quería notar el corazón saliéndome por la garganta. Perdí su pelo negro. Y sus idas y venidas. Y sus historias. Y aquella sensación de montaña rusa en el estómago.
Y mientras, un chico que me quería como se quiere a los amores que no pueden ser, con lealtad perruna y miradas tiernas, me acompañaba al cine a la sesión de tarde, y a comer tortitas con nata. Perdí otro amigo. Un apoyo y un saco de risas, de frases bonitas y de cosquillas con la barba.
También se me marchó alguien un 5 de marzo. Que podía haber sido un día cualquiera, pero que fue el día de mi cumpleaños. Amanecí primero a las 6 de la mañana, con el teléfono recién colgado y la pantalla con ríos salados. La boca pastosa y los dedos torpes saltando sobre un teclado para poner, como siempre, mal y tarde, la guinda al pastel. Volví a amanecer más tarde, cerca del mediodía con las llamadas de felicitaciones. La voz ronca, una pena de muerte y con la habitación dándome vueltas con el eje en una botella de vodka que residía en la papelera de otra habitación. El día fue lluvioso y yo tenía un agujero en el pecho. Perdí la mitad de un lunar que tengo en la mano izquierda. Aquel hueco en el pecho, que nunca volvió a llenarse. Sentí haber perdido tanto que a veces creo que tanto no fue posible.
La lista es larga, como ves.
Y sin embargo, no me acostumbro a esos huecos vacíos. A pesar de los años.
Y todos ellos, sus fantasmas, se me plantan a veces, en días como hoy. En los que daría más de lo que tengo por abrazarme a cada uno de ellos y pedirles, otra vez, que no se fueran. Como hacía antes. Cuando todavía tenían ojos.Y olor. Y piel. Cuando todavía creía que no iban a irse nunca.
------------------
Traigo bandas sonoras...
Te voy a echar de menos.
Si tu magia ya no me hace efecto...
Nadie te prepara para eso.
Nadie te salva de ello.
Lo llevas encima. Como una cicatriz.
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No sé si me reconocerías y eso me da miedo. Creo que me volví más cínica. Parece que me he bañado en un tanque de cemento, o que,como en aquel libro, se me congeló el corazón. Añoro aquello de sentirme a salvo en brazos de alguien. O de saber que alguien habrá cuando esté enferma a acariciar mi frente. De los besos a distancia antes de dormir. Ya no hay nadie que me salve, por mucho que me abracen. La sombra sigue encima.
O dentro.
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Él y su olor a tabaco fueron los primeros en marcharse. Era octubre (se casaba una Infanta) y yo me fui de excursión. Me alimentaron a base de mentiras todo un mes (tenía 11 años. Ya sabía más de lo que sabían muchos a mi edad).Y de pronto, mientras un talk-show explotaba tragedias ajenas en la cocina, tú desembarcaste con tu cuerpo pero con los ojos perdidos. Me dejaron llorar, pero poco. Nunca me han dejado llorar.
Perdí su silbido. Y su radio con un dibujo de claveles rojos. Y su gabardina color crudo y andar por la calle Saldaña.
Luego ella también se marchó un diciembre. Esta vez no me dieron mentiras. Fueron verdades a medias, silencios por capítulos. Y verdades que explotan en un asiento trasero, y lágrimas que se tragan para no sumar dolores a dolores. Y me devolvieron...otra. O puede que siempre hubiera sido así.
O puede que a la que se llevaron fue a mi. Creo que fue eso.Y ya nunca más volví. Y pasé seis meses de lágrimas furtivas antes de dormir, o en un baño, o sobre la hoja de dibujo porque no me salía la helipsis, agarrada a una radio a las 12. De gritos en silencio. De gritos sofocados en almohadas de casas ajenas. De comentarios como flechas.De monjas malvadas (de ahí mi odio). De descubrir que algunos lazos de sangre atan más que unen.
He perdido tanto, que no sé si me da más miedo o más pena escribirlo.
Un poco antes, un verano, se marchó un chico de ojos verdes. Verdes como una piscina. Con andares patosos de 15 años. De rebeldía tonta con el mundo. De darme miedo al mirarme. De mirarme duro y blando, fijo y dentro como nadie NADIE nunca más me ha vuelto a mirar. De no hablar. De labios rojo-regaliz, y vestidos cortos por el estirón del verano.De reírnos de los curas y de huir de fantasmas. Así eran sus ojos verdes.
Nos despedimos mal. Como una cosa tonta y adolescente. De cosas que quieren ser y no fueron. Como si un beso se quedara colgando en aquella escalera de azulejos verdes. Como sus ojos. Perdí una excusa perfecta para ser pava e irresponsable, un aliado fiel y silencioso. Perdí aquella forma de mirarme que nunca volverá.
Luego se fue él, que me dio el primer beso. Y yo lo agarraba, pero no hice bien fuerza. No sabía nada.Y nunca más volvió. Y no es que me doliera (que también). Es que, sobre todo, me asustaba su ausencia. Pero eso lo entendí más tarde. Perdí a mi mejor amigo. A mi válvula de escape con sabor a limón y a ginebra.
También se fue el otro chico. Tenía ojos verdes. Pero menos. Mejor dicho, me fui yo. No le di tiempo a nada. Cuando él llegó, yo ya estaba lejos.
Luego se marchó aquel chico que me volvió loca y que me dio la mano en un aeropuerto. Me ofreció un desayuno en París y yo, desde ese momento, le di mi mente y todo lo que me hubiera pedido (me pasa mucho...). el problema fue no darme cuenta de que nunca había venido. Pero yo era feliz aprendiendo. Y yo sólo quería notar el corazón saliéndome por la garganta. Perdí su pelo negro. Y sus idas y venidas. Y sus historias. Y aquella sensación de montaña rusa en el estómago.
Y mientras, un chico que me quería como se quiere a los amores que no pueden ser, con lealtad perruna y miradas tiernas, me acompañaba al cine a la sesión de tarde, y a comer tortitas con nata. Perdí otro amigo. Un apoyo y un saco de risas, de frases bonitas y de cosquillas con la barba.
También se me marchó alguien un 5 de marzo. Que podía haber sido un día cualquiera, pero que fue el día de mi cumpleaños. Amanecí primero a las 6 de la mañana, con el teléfono recién colgado y la pantalla con ríos salados. La boca pastosa y los dedos torpes saltando sobre un teclado para poner, como siempre, mal y tarde, la guinda al pastel. Volví a amanecer más tarde, cerca del mediodía con las llamadas de felicitaciones. La voz ronca, una pena de muerte y con la habitación dándome vueltas con el eje en una botella de vodka que residía en la papelera de otra habitación. El día fue lluvioso y yo tenía un agujero en el pecho. Perdí la mitad de un lunar que tengo en la mano izquierda. Aquel hueco en el pecho, que nunca volvió a llenarse. Sentí haber perdido tanto que a veces creo que tanto no fue posible.
La lista es larga, como ves.
Y sin embargo, no me acostumbro a esos huecos vacíos. A pesar de los años.
Y todos ellos, sus fantasmas, se me plantan a veces, en días como hoy. En los que daría más de lo que tengo por abrazarme a cada uno de ellos y pedirles, otra vez, que no se fueran. Como hacía antes. Cuando todavía tenían ojos.Y olor. Y piel. Cuando todavía creía que no iban a irse nunca.
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Traigo bandas sonoras...
Te voy a echar de menos.
Si tu magia ya no me hace efecto...
sábado, 19 de mayo de 2012
Nunca me había pasado
Creía que tenía el corazón duro. Frío como el mármol. Sobre todo, respecto a bichos cuadrúpedos (e incluso bípedos...).
Y en aquella tienda de animales, a traición, los ojos de aquel perrillo se me quedaron grabados. El pobre perro (o perra) metido en aquel cubículo de cristal, con el calor. En esa tienda horrorosa. Tristona.
Me puso ojitos. A mi.
Un perro. Con toda la manía que les tengo.
Y de verdad, quise llevármelo a casa. Conmigo. Con un bolso hortera de esos, tipo Paris Hilton. Para que no se separara de mi. Todo sería infinitamente mejor que con los peces (Standard And Poors. Mis peces, digo. Se llaman así). Un chucho te sigue, interacciona contigo. No como los peces. Lo quería. El impulso fue tan fuerte que hice una especie de balance express. Pensé en paseos por el parque. Viajes. Zapatillas mordidas. Noches a solas en compañía de aquella bola de pelo blanco saltarina.
El bicho muriéndose y yo rota de dolor. Vale. Stop. Abortamos la misión. Me dio pánico quererlo y unirlo a mi vida. Protegerlo y que me dejara. Y no. No podía ser.
Compré la comida para Standard And Poors (mis peces, digo) y me fui. Hace casi una semana.
Y todavia tengo los ojitos del perro en la cabeza.
Creo que me he enamorado.
No le he puesto nombre, no me lo llevaré a casa.
Pero lo echo de menos.
Y en aquella tienda de animales, a traición, los ojos de aquel perrillo se me quedaron grabados. El pobre perro (o perra) metido en aquel cubículo de cristal, con el calor. En esa tienda horrorosa. Tristona.
Me puso ojitos. A mi.
Un perro. Con toda la manía que les tengo.
Y de verdad, quise llevármelo a casa. Conmigo. Con un bolso hortera de esos, tipo Paris Hilton. Para que no se separara de mi. Todo sería infinitamente mejor que con los peces (Standard And Poors. Mis peces, digo. Se llaman así). Un chucho te sigue, interacciona contigo. No como los peces. Lo quería. El impulso fue tan fuerte que hice una especie de balance express. Pensé en paseos por el parque. Viajes. Zapatillas mordidas. Noches a solas en compañía de aquella bola de pelo blanco saltarina.
El bicho muriéndose y yo rota de dolor. Vale. Stop. Abortamos la misión. Me dio pánico quererlo y unirlo a mi vida. Protegerlo y que me dejara. Y no. No podía ser.
Compré la comida para Standard And Poors (mis peces, digo) y me fui. Hace casi una semana.
Y todavia tengo los ojitos del perro en la cabeza.
Creo que me he enamorado.
No le he puesto nombre, no me lo llevaré a casa.
Pero lo echo de menos.
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